miércoles, 22 de agosto de 2012

Más allá de tus cenizas



Para Rafa Narbona, un funambulista de las palabras, un poeta de lo prohibido, un buscador de rosas en los vertederos, un alma atornillada a la pasión, un esqueleto de huesos de amapola, un pintor de batallas, una eternidad hecha instante...y ante todo un amigo.




Por tus manos pasaron 
todos los caminos del mundo.
Palabras ciegas aún no nacidas
se cruzaron con tus ojos huérfanos
en los márgenes de la existencia,
rozando nuestras mentes
con aceradas frases
que sueñan con desolación
tristeza y muerte,
enredadas en versos laberínticos
de pasiones profundas
maniatadas a perversos deseos
de labios encendidos.
Mil perros malditos siguieron tu rastro
más allá del muro de la indecencia
lanzando dentelladas al viento,
aullando su locura,
babeando rabiosos,
al descubrir que aquel hueso envenenado
no lo podían roer sin quemarse.
Mil y una veces saliste de una ciénaga inmunda
de delirios con promesas de infinitos,
resurgiendo de tus cenizas volcánicas
con los pies ensangrentados
por cristales de esperanza.
Y acunaste entre brumas
a un niño ya dormido
que lloraba de miedo
por haberte perdido.

                                                   A.B.B. 21 de agosto de 2012

domingo, 19 de agosto de 2012

El mercader de sueños




Madhi estaba en un rincón del zoco, sentado tras una mesa en la que no había nada. Voceaba sin cesar su inexistente mercancía como quien repite una letanía.
"Sonrisas a precio de risa, miradas para enamorar ciegamente, aromas de olvido para corazones sin olfato, palabras vacías colmadas de recuerdos, cantos de sirena para marineros sordos, rosas de los vientos labradas a fuego para no perder nunca el rumbo, esencia de lágrimas dulces o amargas en frascos de todos los tamaños, pócimas de suspiros rotos para almas atormentadas, susurros cautivadores para corazones despistados, poemas ardientes para fríos inviernos..."

Llamó mi atención hasta el extremo de dejar para más tarde lo que había venido a hacer. Me paré delante de él, algo mareada por el intenso olor a especias que llenaba el aire. No podía dejar de mirar sus ojos azabachados de intensa profundidad ni sus labios moviéndose al ritmo de su ondulante voz. Me observaba como si hablase solamente para mí. El ritmo del zoco desaparecía a medida que aumentaba mi pulso. El tiempo se detuvo. No existía nada a mi alrededor a excepción de aquella turbulenta espiral de sentimientos que pugnaba por tragarme.

Aun a costa de parecer descarada le pregunté por qué vendía cosas inexistentes que nadie podía comprar. Me miró más allá de lo considerado decoroso, como si quisiera desnudar mi alma y sumergirla en un estanque de certezas.
-Es todo lo que me dejó mi mujer. Cuando murió me hizo prometerle que antes de reunirme con ella me desharía de cualquier sentimiento que tuviera guardado. Empezaremos de cero, dijo. Tuve que rebuscar mucho para encontrarlos a todos. Algunos eran tan felices añorándola que se negaban a que me los llevara. Con mucha paciencia y promesas de un corazón más espacioso donde alojarse, conseguí sacarlos uno a uno de sus escondrijos. De esto hace ya tres años. Nadie se detiene a escucharme y la espera se hace insoportable. Tengo prisa por abrazarla de nuevo y empezar una nueva vida a su lado. ¿Querrías ayudarme? 
- Lo siento, yo también tengo prisa por hacer lo que he venido a hacer aquí. 
- ¿Estás segura de que no te arrepentirás? Es una decisión arriesgada.
Lo miré inquieta arrojando mis palabras como si quemaran.
- ¿Cómo sabe...?
- Te he visto curiosear el puesto de Jamâl. Vende unos venenos de lo más efectivo, pero te has puesto pálida cuando ha empezado el regateo. No estás convencida de quererlo hacer y la muerte no se deja engañar. Podemos hacer un trueque. Tú te quedas con mis recuerdos y yo acompaño a Azrail que ha de llevarme veloz a los brazos de mi mujer.
- Es una proposición descabellada. Además, no puedo quedarme con unos recuerdos que no son míos. ¿Qué iba a hacer con ellos?
- Eres joven y bella. Tienes mucho tiempo para hechizar a alguien con tus palabras y convencerlo de que vale más tener recuerdos ajenos que vagar por las profundidades de la no existencia. Cuando encuentres con quien compartirlos comprenderás que no se debe pagar a la muerte por adelantado porque se intenta lucrar con precios abusivos que tiene que abaratar cuando el comprador se niega a desembolsar. La mía es una buena oferta que no debes rechazar porque a mí me falta el tiempo que a ti te sobra y por el contrario me sobran las palabras que te son tan necesarias. Mis días como mercader de sueños han terminado. Ha llegado la hora de traspasar el negocio y empezar una nueva vida.

La vida y la muerte son caprichosas. Llegué a ese zoco decidida a vender mi alma a cualquier precio, cuando la primera me salió al encuentro disfrazada de mercader y me convertí en vendedora de sueños ajenos que nadie puede comprar. Como Madhi sigo esperando a que llegue mi hora. Alguna vez he sentido deseos de acercarme al puesto de Jamâl, pero nunca más he vuelto a cruzar la distancia que nos separa.

                                                    A.B.B. 19 de agosto de 2012







miércoles, 15 de agosto de 2012

Una noche de febrero


Para Raquel Ortiz Lacomba, por ser como es y porque cuando se lo enseñé me animó a revisarlo y a publicarlo. A veces nos visitan los ángeles.


Eran las tres de la mañana de una noche a finales del invierno, en la que el frío había concedido una tregua, cansado tras tantos meses de convertirlo todo en hielo.
Candela se despidió de aquel amigo con el que había pasado unas horas, intentando ambos que la realidad quedase fuera, como si tuviera prohibida la entrada en los bares donde se habían refugiado.
Esperó un taxi durante un largo cuarto de hora, extrañándose del escaso tráfico que había.
-Me temo que puedo esperar  eternamente -pensó-. Volveré a casa paseando, es una noche preciosa, digna de ser aprovechada. Quién sabe cuándo volverá a haber otra así.
Comenzó a caminar por las calles casi vacías, como tantas otras veces había hecho. Le atraía pasear cuando la ciudad dormía y el estruendoso tráfico concedía una tregua merecida. Podía escuchar a su corazón sin necesidad de gritar para hablar con él. Aunque por una vez hubiera preferido que una legión de ruidos insoportables se hicieran amos de la noche para no tenerlo que escuchar. Pero no fue así.
"Bienvenida Candela. Hace tiempo que no contestas a mis llamadas. Estaba empezando a pensar que te habías olvidado de mí".
-He estado muy ocupada-.
"¿Ocupada?. Eso suena a excusa barata y sin sentido. Mas bien creo que no quieres escuchar lo que tengo que decirte".
-Tienes razón. Resulta imposible engañarte. Me da miedo dejarte hablar, no me suele gustar lo que dices-.
"Lo siento niña, pero esta vez me vas a escuchar quieras o no. No puedes seguir maltratándome tan despiadadamente. Aunque intentes negarlo, sabes que lo nuestro es una simbiosis perfecta y eterna. No puedes vivir sin mí y yo no puedo vivir sin ti y me está haciendo mucho daño tu rechazo. Me siento morir y no lo soporto más".
-Yo sí que me siento morir por tu culpa. Por escucharte, por intentar ponerte por delante de la razón. Eres cruel y despiadado. Por tu culpa primero río y después lloro. Y las lágrimas son más ágiles que la risa, se cuelan por los rincones y no hay manera de sacarlas de su escondite-.
"Mi dulce amor, esa es mi misión. Conseguir que tú me des lo que necesito para que tú puedas recibir lo que necesitas en cada momento. Pero para eso hace falta ser constante y tú hace tiempo que olvidaste que si no me riegan me seco, que si no me abonan no crezco y que si no me miman no florezco. Y cuando eso ocurre ambos sufrimos por igual.
-¿Dulce amor dices? Ja. El amor no es dulce. Se disfraza de suculento caramelo para que se haga irresistible probarlo y cuando el deseo me puede y me deleito por anticipado pensando en ese intenso placer, al llegar a la boca resulta amargo. Lo escupo rápidamente pero ya es tarde. Esa amargura es tan intensa que no importa lo que pruebe después, su esencia ha quedado ahí, anclada a mi recuerdo-.

martes, 14 de agosto de 2012

Amor de seda y tafetán



Para Natalia Baras que bajo amenaza de terribles sufrimientos me obliga a escribir cosas de lo más extraño y a la que por alguna oscura razón, en el fondo quiero.


Erase una vez que se era dos almohadas que se amaban en silencio. Sí, en silencio, porque las almohadas no tienen voz por mucho que nos empeñemos en consultarles y esperar que contesten. Es como pretender tocar el aire. 
Sin embargo pueden amarse; si existe la guerra entre ellas cómo no va a existir el amor, ese sentimiento voluble capaz de mover el mundo, aunque en esta ocasión sea tan sólo un mundo de plumas fácil de desplazar.
Linda era pequeña y coqueta, le gustaba estar bien planchada y oler a azahar. Había nacido en el sur y se notaba su carácter hasta en la última de sus plumas.
Fergal era un auténtico almohadón del norte. Grande y duro como los acantilados de la tierra de donde procedía. No le gustaba llamar la atención, aunque debido a su tamaño le resultaba difícil pasar desapercibido. A veces llegaba a resultar incómodo.
Linda descansaba rodeada de su corte de admiradores la tarde en que él apareció. Ni siquiera la miró, se le veía tan altivo y seguro de sí mismo con ese aire de superioridad que otorga pertenecer a una buena familia, que su corazón de almohada alocada lo detestó nada más verlo. Las almohadas, aunque no lo creamos, también miran con ojos equivocados y Linda, acostumbrada como estaba a que se enamorasen de ella al primer vistazo, se sintió herida ante semejante desprecio.
Cuando sus frunces se relajaron se dio cuenta de que algo en él la había atraído sobremanera. Quizá su indiferencia, o esas marcadas arrugas síntoma de sufrimiento y que lo hacían parecer mayor de lo que seguramente era. No sabía con certeza cual era el motivo pero sintió en sus plumas ese casi olvidado cosquilleo que no pensó volver a sentir jamás. Pero no, se dijo, ya había caído una vez en las garras de un almohadón de tres al cuarto que la engatusó con delicadas maneras y suaves caricias, anticipo de una eternidad de noches pasión entre sábanas de seda que se convirtieron en pesadilla cuando la dejó por una almohada de curvas provocadoras, recién llegada de tierras lejanas. Aquello casi acabó con ella. Necesitó un cambio de funda urgente y muchos planchados para volver a lucir como antes. Prometió no dejarse engañar nunca más. A pesar de eso, no podía evitar mirarlo. ¡Parecía tan solo!. Incluso se lo veía más encogido que antes. Pero quizá eso era lo que quería. Los consideraba inferiores y no quería roces con ellos.

domingo, 12 de agosto de 2012

Polvo de estrellas


Para Alberto Ramos Alvarez que tiene voz de poeta y corazón de niño.




Mis ojos huelen a rocío
mis lágrimas saben a tiempo 
mis párpados esconden el vacío
tras las pestañas de un juramento.

No me ofrezcas amor enaltecido
con delirios de sueños ajenos,
ni honores eternamente perseguidos
por sangrientos matones a sueldo.

No me ofrezcas un mundo de colores
pintado sólo con recuerdos
en paredes en carne viva
que no sienten ya el azul de tus dedos.

Déjame partir hacia otra tierra
anclada a una cometa de altos vuelos.
Prometo estarte agradecida
y cantarlo a los cuatro vientos.

Adornaré mi pelo con estrellas,
mi voz con lágrimas de bolero,
tejeré una pulsera con luz de luna
y me pondré el mundo por sombrero.

Vestida de noche prometo
volar con alas de fuego
que han de quemar tus te quiero
en las llamas de mi recuerdo.

Déjame partir hacia otra tierra
donde no ondeen los juramentos
prometo estarte agradecida
y cantarlo a los cuatro vientos.
                                                          A.B.B. 12 de agosto de 2012

domingo, 5 de agosto de 2012

Tan sólo palabras

Los magos juegan con sus manos haciendo desaparecer lo que es visible para el ojo humano. Algunos jugamos con las palabras intentando que sea visible lo que el corazón pretender esconder. Mas las palabras no saben de juegos. Son caprichosas y volubles. Unas veces se ocultan recelosas tras los pliegues de la nada y otras se pisotean sin piedad ansiosas de su minuto de gloria.
No saben que tienen que aparecer de la chistera cuando se las llama y dejarse encadenar a un papel deseoso de poseerlas. 
Hay días en que se limitan a ver el espectáculo sin entender que su presencia en el escenario es necesaria para que el truco funcione, les asustan los focos y prefieren el anonimato del oscuro patio de butacas.
Otros, se envalentonan y pasean haciendo equilibrios por el borde del tanque de los sentimientos sin pensar en ningún momento que pueden precipitarse dentro y ahogarse en sus propias pasiones.
Gustan de obviar todo lo obvio. Son un misterio insondable y es imposible acercarse a ellas sin su permiso, protegidas como están por amenazantes guardaespaldas que desmotivan a los pretendientes menos aguerridos. Pero incluso ellas bajan la guardia y se dejan embaucar con promesas de vertiginosos romances comprados con la sangre de su tinta. Aprovecharse de su debilidad es sólo cuestión de esperar el momento apropiado, ése en que desvían su atención hacia el mago y se hacen vulnerables.


                                          A.B.B  5 de agosto de 2012





Déjame

Déjame desnudarte con palabras
ansiosas de morir entre tus labios,
con manos cargadas de vocales
que sueñan con léxicos perdidos.


Lleguemos a un vergel de consonantes
donde los puntos y aparte no están permitidos,
cargado de palmeras cimbreantes
bajo el peso de lo que nunca te he dicho.


Perdamos la vergüenza entre sus diéresis,
saltemos los renglones prohibidos,
juguemos a asomarnos desde fuera
a un balcón de bellos adjetivos.


Robemos los acentos de perdones
que inquietan corazones malheridos,
subiéndolos a un carro de expresiones
de un gozo sin fondo y sin sentido.


Bebamos sin pensarlo de la copa 
repleta de tiernos sustantivos,
que prometen frases venenosas
embriagadas de verbos desconocidos.


Déjame desnudarte con palabras,
ansiosas de morir entre tus labios,
con manos cargadas de vocales
que sueñan con léxicos perdidos.


                                               A.B.B. 5 de agosto de 2012






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viernes, 3 de agosto de 2012

Melodía enamorada

Cuanta magia se esconde
en cada átomo de vida,
no sé ni cómo ni dónde
pero el alma se encandila.
Melodía enamorada
nota tras nota te escapas
de este mundo hacia la nada
entre suspiros de arpas.
Vives soñando en los caminos
vives gimiendo en las matas
vives muriendo cada noche
muriendo esperas el alba.
Cuantos sentimientos regalan tus notas;
tantos como almas destrozadas
tantos como alegrías rotas
tantos como vidas separadas.
Mas a caballo entre tristezas y llantos
sigues cautivando corazones con tu canto,
porque sin atender a razones...
...¡seguimos amando tanto!.

                                              A.B.B.    1 de julio de 1990



jueves, 2 de agosto de 2012

La montaña de los deseos


Esta increíble historia ocurrió hace muchos años. Tantos que se me hace difícil recordar con exactitud si era verano o invierno, si brillaba el sol o lloraban las nubes, quizá incluso mi cansada mente confunda algunos nombres o lugares. Pero, ciertamente, no creo que nada de eso tenga demasiada importancia. Mi corazón sigue latiendo con la misma intensidad que entonces. Bastante más viejo y débil, es verdad, pero con la suficiente fuerza para recordar un deseo que cambió mi vida.

Todo comenzó una tarde en que estaba en casa tremendamente aburrido. Mi madre me había castigado porque mi maestro había tenido con ella una charla bastante larga en la que le dijo lo que siempre dicen los maestros, de un niño tan inquieto y soñador como yo. Que ya no sabía qué hacer conmigo y que de continuar así nunca sería nadie de provecho en la vida.
Mi madre, como todas las madres, mientras escuchaba pasó por todos los estados de ánimo posibles ante tan humillante situación. Se ruborizó, se enfadó, lloró y después de darle la razón a aquella maravillosa persona que tanto se preocupaba por mí, se juró a sí misma hacer todo lo posible para que yo siguiera el buen camino y me labrara un futuro digno.
O sea que allí estaba yo, sentado enfrente de la chimenea intentando concentrarme en aquellas letras y números que parecía me iban a comer de un momento a otro, pero mi mente se resistía. Se perdía observando las llamas crepitar y se empeñaba en soñar.
Un gran deseo latía en mi corazón desde hacía tiempo. Era el causante de que por las noches no pudiera dormir y de día soñara. Ese gran deseo no era otro que conocer el país más bonito del mundo. Quería saber cómo era y dónde estaba, pero por más libros que leía y más fotos que miraba esperando sentir que aquel era el lugar más bello, no lo lograba.
A punto de quedarme dormido acunado por el aburrimiento, la suerte me sonrió. Un puño golpeó la puerta y antes de que a mi madre le diera tiempo a decirme que no me moviera, ya estaba abriendo esperando encontrar a alguien que me sacara del terrible sopor. Me espabile rápidamente cuando vi a mi padre. Prefiero no contar lo que sucedió después cuando mi madre le narró la visita del maestro. Mi madre volvió a pasar por todos los estados de ánimo posibles mientras a mi padre se le iban enrojeciendo las mejillas al tiempo que se tocaba la barba como si en ella estuviera la respuesta a todos sus problemas.
Con signos de creciente enfado me dijo:
-Saúl, vete ahora mismo a tu habitación y por una vez en tu vida intenta pensar en tu comportamiento. Mañana hablaremos.
Aquello me sonó francamente mal pero por el momento me libraba de algo mucho peor.
Me tumbé en mi cama e intenté pensar como mi padre quería. Mas mis únicos pensamientos fueron que no era culpable de sentir aquel deseo que me acompañaba a todas partes y que estaba dispuesto a perseguir hasta alcanzarlo. Mirando la luna y pensando que quizá el más bello país fuera tan inalcanzable como ella, me venció el sueño.


A la mañana siguiente y sin haber recibido aún el esperado discurso por parte de mi padre, me encaminaba hacia la escuela desanimado y distraído, dándole puntapiés a todo lo que se ponía a mi alcance, cuando una conversación me hizo reaccionar. Me di cuenta de que lo que me había hecho parar. Había oído la palabra deseo. Suficiente para que mi mente despertara. Me quedé quieto intentando saber quién la había pronunciado. No me costó mucho esfuerzo. A mi lado, sentados en un banco, dos ancianos que parecían viejísimos estaban charlando animadamente. Sus ojos brillaban. Les pregunté de que hablaban para estar tan emocionados. Uno de ellos suspirando me contestó:
-De la montaña de los deseos.
En mi cara se dibujó tal sorpresa que ellos, divertidos, me invitaron a sentarme. Como si tuviera alas volé hacia el banco mientras casi les gritaba:
-¿Qué montaña es esa? ¿Está por aquí cerca? ¿Cómo se llega hasta ella? ¿Existe de verdad o se están burlando de mí?
Antes de que me diera tiempo a seguir con mi aluvión de preguntas, el más alto de los dos levantó la mano para hacerme callar.
-Calma muchacho, no se pueden responder tantas preguntas a la vez. Tienes un corazón demasiado inquieto.
-Lo siento- pero tengo un deseo desde hace mucho tiempo y no sé como hacerlo realidad. No puedo concentrarme, no paro de soñar y me está dando bastantes disgustos. Ayer mismo...Bueno, eso no tiene importancia ahora. ¡Si esa montaña me pudiera ayudar a cumplir mi deseo...!
-Muy fuerte ha de ser tu deseo para estar dispuesto a hacer cualquier cosa por conseguirlo. Muchacho, ¿qué es eso tan importante para ti?
-Quiero conocer el país más bonito del mundo. Quiero saber cómo es, dónde está y como es la vida allí.
Los dos ancianos se miraron, sonrieron y suspiraron.
-De acuerdo chiquillo, te vamos a contar la historia de la montaña de los deseos. A nosotros nos la contó nuestro padre y a él el suyo. La historia se pierde casi en los principios del mundo. Y quizá tan sólo sea una leyenda.
-Eres un chico obstinado y hablador. Tienes que aprender a dominar tu impaciencia. Escucha en silencio mientras te cuento la historia, cuando haya terminado ya tendrás tiempo de hablar y de pensar todo lo que quieras.
-Eso está hecho. No saldrá ni una sola palabra de mi boca hasta que acabe.
Veamos si eres capaz de cumplirlo.
-Cuentan que existe una montaña mágica a la que casi nadie ha conseguido llegar y en cuya cima vive un mago que concede deseos...
Iba a abrir la boca compulsivamente pero me di cuenta a tiempo de que había prometido mantenerme callado.
-...pero el camino no es fácil. Para llegar hasta su cima hay que cruzar La tierra de la duda,
El bosque del olvido y el Río de la desesperación. Hay un problema añadido: no sabemos dónde está con exactitud, por eso apenas nadie ha logrado encontrarla. Es lo malo que tienen estas historias tan antiguas, con el paso de los años se van olvidando los nombres y los lugares hasta que llega un momento en que uno ya no sabe sin son reales o imaginarios.
Sólo sabemos que si lo deseas sinceramente y tu corazón es lo bastante fuerte, quizá y sólo quizá, consigas encontrarla y buscar al mago de los deseos. Ahora que has oído la historia, ¿qué opinas muchacho?.
-No me importa si tengo que caminar por mil tierras ni los peligros a los que me tenga que enfrentar. No tengo miedo.
-¿Estás seguro? Recuerda lo que te he dicho. Tienes que desearlo con todo tu corazón.
-¿Qué deseo puede ser más fuerte que aquel que convierte mi vida en un continuo sueño?.
-Sólo tú tienes la respuesta a esa pregunta. Nosotros nada más contamos historias. Somos demasiado viejos para pensar en otra cosa que no sea sentarnos en este banco, dejar que el sol nos caliente y recordar...
Me puse en pie de un salto y les dije:
-Me tengo que ir, no puedo perder ni un minuto. ¡Tengo que llegar hasta esa montaña!
-Si es lo que deseas, hazlo. Pero antes de irte acepta un consejo. Tienes que aprender a tener calma, la prisa no es buena consejera. Atropella los pensamientos y no deja hablar al corazón.
No entendí demasiado bien las palabras de aquel viejo, pero no tenía tiempo que perder. Les dí las gracias apresuradamente y les prometí que cuando hubiera encontrado la montaña y cumplido mi deseo, volvería para contárselo. Me alejaba corriendo cuando uno de ellos me gritó:
-No te preocupes. Si consigues encontrar la montaña lo sabremos.
Seguí corriendo hasta mi casa rezando para que mi madre no estuviera allí. Esta vez la suerte me acompañó. Escribí una nota diciendo que volvería pronto, metí algo de comida en una bolsa y, como era un muchacho demasiado inquieto y soñador, no pensé más. Cerré la puerta y salí en busca del mago que cambiaría mi vida.