domingo, 30 de marzo de 2014

Crujidos

Crujen los huesos del alma
cada vez que el recelo
rezuma pus de la herida
que nunca amanece.
Crujen como hojas de papel secas,
como dedos que chasquean,
crujen como mis ojos
cuando se cierran sin mirarte.
Crujen los sentimientos
como galletas recién salidas del horno
destinadas a ser devoradas
por la gula de quien no tiene hambre.
Cruje la vida bajo nuestras preguntas,
cruje para hacerse notar,
cruje para quejarse con un hilo de voz
en el estrado de nuestra indiferencia.
Crujen las penas y piden
un masajista diplomado,
crujen cuando nos tapamos el corazón
para no escuchar más allá.
Crujen esas súplicas tullidas 
que se mueven en silla de ruedas
por las orillas invisibles
de los deseos asesinados.
Crujen los preciados sueños
guardados en urnas de cristal
para poder disfrutar de su belleza
sin que la pasión los dañe.
Un mundo insaciable cruje dentro de mí
pero no le tengo miedo
porque tengo la extraña sensación
de que crujir es vivir.

                                              A.B.B.  30 de marzo de 2014










domingo, 16 de marzo de 2014

Suerte

Suerte.
Cara o cruz.
Cara te busco.
Cruz me encuentras.
Suerte.
Lanzas la moneda
al aire tibio
de lo que está por llegar.
Suerte.
La corriente del destino
la arrastra hacia los cationes
que fluían sin rumbo por mi ser.
Suerte.
El espacio y el tiempo
de los deseos no concedidos
se desintegran en nuestras manos.
Suerte.
No importa de qué lado hemos caído
ni de cuál nos levantamos
si lo hacemos juntos.
Suerte.
Llegaste. Llegué. Llegamos.
Estás. Estoy. Estamos.
Eres. Soy. Somos.
Suerte.









domingo, 2 de marzo de 2014

Carnaval

Paseo por el mundo mi desnudez
de palabras ensangrentadas 
y uñas rotas
porque un día
hace mucho tiempo
me dije ven,
te vestiré de lo que no eres.
Te haré un rutilante disfraz
con el que nadie será capaz 
de reconocer tus ojos de agua
ni tu piel con estigmas.
Nadie podrá hacerte daño.
Sonaba bonito.
Me lo quise creer, fui
y me embutí en un traje
de superhéroe de pacotilla
demasiado pequeño para mí.
Me convencí de que no importaba
si me pinchaba la ternura
cuando respiraba fuerte
ni que el frío se colara
por aquella fina tela
hecha de mentiras
y me lancé en picado
a rescatar brazos mutilados
y labios resecos.
Aquel disfraz era un éxito.
Nadie me conocía.
Ni siquiera yo misma.
Nadie sentía necesidad de saber
quién se escondía debajo,
aunque algunas veces,
jugaban a adivinarlo.
Entre juegos y rescates
el traje se fue desgarrando
y dejó al descubierto
la vulnerabilidad de quien nunca pide
aquello que no le van a dar.
Dejó al descubierto
lo que siempre había intentado ocultar.
Y aprendí que no hay peor disfraz
que el que uno mismo
se fabrica a medida
con la esperanza 
de que ser lo que no es
lo proteja de las inclemencias
de los sentimientos amargos.
No hay disfraz capaz de soportarlo.
Por eso paseo por el mundo mi desnudez.
Y hace frío ahí fuera,
pero prefiero morir congelada
a vivir embutida en un traje
demasiado pequeño para mí.

                                                         A.B.B. 2 de marzo de 2014