jueves, 21 de junio de 2012

El garito de la lucha




Desde el primer día de nuestra vida nos educan en el ocultismo. Antes siquiera de llegar a ver este mundo nos hacen llorar, para que nos vayamos acostumbrando a lo que nos espera y no nos quejemos demasiado. Acto seguido y sin más miramientos nos tapan nuestras partes pudendas porque el sexo es pecado. Después de medidos, pesados, fichados y por supuesto vestidos nos incorporan al mundo para que aprendamos a desaprender, no sin antes estamparnos en la frente unas normas básicas de urbanidad y saber estar que no se van ni frotando con estropajo. Una vez adoctrinados y con la ropa adecuada, a veces tanta que es imposible discernir si uno es hombre o mujer -pero total para qué, si el sexo es pecado- nos incorporamos a nuestro hogar, ese universo desconocido plagado de peligros y tabús donde nos dedicamos a comer -cuando nos dan-, a llorar -cuando no nos dan- y a dormir -para que no nos den-. Y así pasan los días y los meses, rodeados de seres que nos miran embobados y balbucean una lengua extraña que intentamos imitar. No es tarea fácil aprender a decir gu-gú, tete, teta -esta palabra sólo está bien visto usarla cuando se desconoce su significado-, a nonon y otros diez o doce sonidos guturales más que desde nuestra ignorancia creemos son las palabras que abren todas las puertas.
Llega un día que estamos tan aborrecidos que intentamos escapar. Medimos visualmente la distancia desde la cuna al suelo, reculamos asustados -la altura acojona un poquito-, estamos pensando seriamente dejarlo para otro momento cuando escuchamos las palabras que nos deciden a dar el gran salto "el nene va estreñido, habrá que ponerle un supositorio".
Sin más, trepamos por los barrotes y nos tiramos de cabeza. Hubiera estado bien poder ensayar la caída, pero la necesidad de huir es apremiante. Caemos en picado sin dar tiempo a desplegar el tren de aterrizaje, o sea de morros -menos mal que aún no nos han salido los dientes-.
Una vez restablecidos del golpe, temblando de miedo y desamparo en mundo inhóspito pensamos "¿y ahora qué?. Se oyen pasos en el pasillo, cada vez están más cerca. No hay tiempo que perder. No hay tiempo para la estrategia, habrá que improvisar. Descubrimos que ponerse en pie es imposible, cada vez tenemos más miedo. No sabemos cómo vamos a salir de ésta, vemos la luz al final del túnel pero no sabemos cómo llegar a ella. Sin saber por qué nos viene a la mente la imagen de un ser peludo bastante feo, muy parecido a nuestra prima, que usa esas cuatro extremidades que tenemos para desplazarse veloz.
Primer intento. Parece que funciona, aunque lamentablemente. Nos movemos, un tanto indecisos. Volvemos a oir la voz. Aquello nos da fuerzas para enfretarnos a todo. Y a cuatro patas y con cara de velocidad, levantamos la vista, pisamos el acelerador y cruzamos el pasillo tan deprisa que llegamos a pensar si no tendremos el don de volar -nos acordamos de nuestro aterrizaje forzoso y dejamos ese pensamiento para otro momento-.
Cansados por el esfuerzo y atentos a cualquier señal de peligro, nos damos cuenta de que el pasillo ha llegado a su fin. La luz está allí pero no nos sirve de nada. Quizá sea mejor esconderse. ¿Pero dónde? ¿Dónde? Aquí hay una puerta abierta. Entramos a toda velocidad. Rayos. ¿Pero esto qué es? Miramos dentro, vemos agua. No, aquí no cabemos y no me gusta como huele. Reculamos a toda velocidad, cruzamos otra puerta. Bien, aquí hay muchas puertas más pequeñas. Abrimos la primera. Oh no, está llena de artilugios extraños. Vemos uno conocido. Con esto hace mamá el café. Fuera, fuera, todo fuera. Pero aun así allí tampoco cabemos. Nos estamos poniendo muy nerviosos. Salimos en busca de otro lugar más apropiado pero estábamos tan absortos en la búsqueda que no nos hemos dado cuenta de que los pasos ya estaban allí. Sentimos unos brazos que nos levantan y una voz que dice "papi, corre ven, el nene ha aprendido a gatear". Con horror descubrimos que hemos fracasado y que al enemigo ni siquiera le  importan los destrozos que hemos hecho en aquel ambiente hostil. Qué raros son estos seres llamados adultos.
Y así es como salimos derrotados en nuestra primera batalla. Y aprendemos que nos esperan muchas más y que no se puede ganar sin una buena táctica. La próxima vez pelearemos con uñas y dientes -cuando nos salgan-.
(Continuará....)

Dedicado a todos los que me seguís, a los que aún no y a los que nunca lo harán. La idea haceros sonreir un poco, espero conseguirlo.

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