martes, 4 de diciembre de 2012

Efectos adversos de la vida


Año tras año el frío vuelve y nos quejamos de sus efectos mientras lo vemos tras el cristal. No nos olvidemos de los que sí saben lo que es pasar frío. No nos olvidemos de que somos seres afortunados tocados con la varita mágica de la suerte. No cerremos los ojos ante el infortunio ajeno, porque el no querer ver no nos librará de la epidemia del egoísmo que nos convierte en piedras. Y la suerte no siempre ha de estar de nuestro lado. Abramos los sentidos al mundo real y no vivamos en un inexistente paisaje de cuento.


Como cada noche desde hace tanto tiempo que ni siquiera él mismo recuerda, Manuel se acurruca bajo sucios cartones intentando protegerse del frío; o quizá, bajo ellos, como si de una capa élfica se tratase, lo que desea es ser invisible a los ojos del mundo. Ese mundo que día tras día le ha dado la espalda. Ese mundo que intentó comprender sin conseguirlo. Ese mundo lleno de vida, de una vida que ve pasar delante de sus ojos sin detenerse, sin siquiera darle tiempo a levantar su mano para intentar rozar la estela de luz que se agita a tan solo un palmo de la punta de sus dedos.
Esta noche, como tantas, su única compañía es el arrugado envase de vino que le calienta por fuera y le destruye por dentro. El néctar envenenado le ayuda a dejar fuera cualquier tipo de pensamiento. Se limita a dejarse llevar por el sopor que produce la embriaguez anhelando que su mente se torne oscuridad. Mas hoy no lo consigue. De alguna parte de su desarropado cerebro llegan recuerdos que sin haber sido invitados, se sientan de golpe en su destartalado corazón haciendo que sus muelles se claven hasta el fondo de sus entrañas.
Esta noche mira sus manos temblorosas y llora en silencio los tiempos en que servían para acariciar. Cierra los ojos y una furtiva lágrima lo arrastra a una época en que todo estaba donde tenía que estar. Recuerda el olor del café recién hecho, el beso de buenos días de su mujer, el agua caliente entonando sus músculos, los lametones de aquel chuchillo que apareció una tarde en la puerta de casa, medio muerto de pena y hambre. Recuerda pasear la vista a su alrededor y agradecer tanta felicidad. La lágrima se ha secado a mitad de camino entre su cuello y su alma, cuarteando la maquinaria que bombea su desteñida sangre. Duele. Es un dolor infinito que lo hace retorcerse y gemir. Recordar le está pasando factura, pero no puede dejar de hacerlo. No quiere. Desea terminar con esto de una vez. Se obliga a recordar la mañana en que todo cambió. Al llegar a la oficina una carta de despido le dio la bienvenida a un mundo al que no había imaginado viajar. A partir de entonces, los días lo arrastraron a los bajos fondos de la derrota. No encontró salida. Empezó a beber para olvidar. Cuando recordaba haber olvidado se sentía miserable. Pese a ello la debilidad se agarró a su cuello dispuesta a ahogarlo a la menor oportunidad. Pasaron los meses y las deudas se acumulaban a la par que se acumulaba su decadencia. Una tarde fría y gris, su mujer le dijo que no aguantaba más, y se marchó. Cerró la puerta y nunca regresó. Los amigos desaparecieron como desaparece el humo de un cigarro. Se quedó solo, sin más compañía que aquel chuchillo al que no parecía importarle que se estuviera volviendo invisible. El tiempo se había convertido en su más sanguinario enemigo y cuando en su mente se dibujó la efímera esperanza de poder vencerlo, llegó la puñalada certera de manos de aquella carta de desahucio. El poco mundo que le quedaba desapareció bajo sus trastabillantes pies. El pinchazo le dolió inmensamente, al igual que le está doliendo ahora. ¿En qué se había equivocado? ¿Cuál había sido su error? Quizá confiar demasiado en que las cosas desagradables siempre les pasan a los demás; no prever el punto débil por el que las fortalezas, aún las más inexpugnables, son atacadas; olvidar que en la vida no hay nada seguro, que lo que un día amanece radiante de luz al siguiente puede convertirse en sombras. La batalla lo sorprendió desarmado y ya no hay vuelta atrás. No le queda honor, ese cruel invento del hombre que tantas vidas destroza. No le quedan fuerzas para seguir luchando contra un mundo que lo ve como un despojo digno de compasión pero no de ayuda. Ya no quiere nada de esta vida que alguna vez tuvo entre sus manos. Duele. El pinchazo es más fuerte que el anterior y sabe que esta vez sí. Lo único que lamenta es abandonar a aquel amigo que rescató de una muerte segura y que lo mira con ojos acuosos que gimen mientras le lame su mano casi inerte. Se despide de él, le desea suerte con una última caricia y apretando los ojos se deja llevar hacia un tiempo sin tiempo donde espera descansar y olvidar que un día paseó por aquel camino mal llamado humanidad.

                                                  A.B.B. 4 de diciembre de 2012



4 comentarios:

  1. Toda la razón. Impepinable (es una palabreja que siempre me ha dado curiosidad pero que rara vez tengo el gusto de usar, se me permita ahora, para una vez que encuentro algo que es... impepinable)
    Achuchones!

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    1. Impepinablemente acertada. Gracias Indi. Besos ;)

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  2. Y cuantas personas se creen que "Manuel" son los demás, que ellos están por encima del bien y del mal que a ellos nunca les pasará. Pobres ignorantes. Es más fácil ser Manuel, que el ser afortunado en un sorteo de lotería.

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    1. Mucho más fácil y bastante más lógico puesto que en esta vida, lo cotidiano es perder la razón esperando que la suerte te sonría. Una pérdida de tiempo, ya sabes.

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