Los magos juegan con sus manos haciendo desaparecer lo que es visible para el ojo humano. Algunos jugamos con las palabras intentando que sea visible lo que el corazón pretender esconder. Mas las palabras no saben de juegos. Son caprichosas y volubles. Unas veces se ocultan recelosas tras los pliegues de la nada y otras se pisotean sin piedad ansiosas de su minuto de gloria.
No saben que tienen que aparecer de la chistera cuando se las llama y dejarse encadenar a un papel deseoso de poseerlas.
Hay días en que se limitan a ver el espectáculo sin entender que su presencia en el escenario es necesaria para que el truco funcione, les asustan los focos y prefieren el anonimato del oscuro patio de butacas.
Otros, se envalentonan y pasean haciendo equilibrios por el borde del tanque de los sentimientos sin pensar en ningún momento que pueden precipitarse dentro y ahogarse en sus propias pasiones.
Gustan de obviar todo lo obvio. Son un misterio insondable y es imposible acercarse a ellas sin su permiso, protegidas como están por amenazantes guardaespaldas que desmotivan a los pretendientes menos aguerridos. Pero incluso ellas bajan la guardia y se dejan embaucar con promesas de vertiginosos romances comprados con la sangre de su tinta. Aprovecharse de su debilidad es sólo cuestión de esperar el momento apropiado, ése en que desvían su atención hacia el mago y se hacen vulnerables.
A.B.B 5 de agosto de 2012
Vendrán días en que el peso que hoy te abruma se hará liviano. Vendrán días en que ese peso ya no será carga sino bagaje. Vendrán días, han de venir. Porque un alma que alberga sentimientos viles no brilla y un alma sin brillo es un tiempo marchito para quien lo soporta -Manolo García-
domingo, 5 de agosto de 2012
Déjame
Déjame desnudarte con palabras
ansiosas de morir entre tus labios,
con manos cargadas de vocales
que sueñan con léxicos perdidos.
Lleguemos a un vergel de consonantes
donde los puntos y aparte no están permitidos,
cargado de palmeras cimbreantes
bajo el peso de lo que nunca te he dicho.
Perdamos la vergüenza entre sus diéresis,
saltemos los renglones prohibidos,
juguemos a asomarnos desde fuera
a un balcón de bellos adjetivos.
Robemos los acentos de perdones
que inquietan corazones malheridos,
subiéndolos a un carro de expresiones
de un gozo sin fondo y sin sentido.
Bebamos sin pensarlo de la copa
repleta de tiernos sustantivos,
que prometen frases venenosas
embriagadas de verbos desconocidos.
Déjame desnudarte con palabras,
ansiosas de morir entre tus labios,
con manos cargadas de vocales
que sueñan con léxicos perdidos.
A.B.B. 5 de agosto de 2012
.
ansiosas de morir entre tus labios,
con manos cargadas de vocales
que sueñan con léxicos perdidos.
Lleguemos a un vergel de consonantes
donde los puntos y aparte no están permitidos,
cargado de palmeras cimbreantes
bajo el peso de lo que nunca te he dicho.
Perdamos la vergüenza entre sus diéresis,
saltemos los renglones prohibidos,
juguemos a asomarnos desde fuera
a un balcón de bellos adjetivos.
Robemos los acentos de perdones
que inquietan corazones malheridos,
subiéndolos a un carro de expresiones
de un gozo sin fondo y sin sentido.
Bebamos sin pensarlo de la copa
repleta de tiernos sustantivos,
que prometen frases venenosas
embriagadas de verbos desconocidos.
Déjame desnudarte con palabras,
ansiosas de morir entre tus labios,
con manos cargadas de vocales
que sueñan con léxicos perdidos.
A.B.B. 5 de agosto de 2012
.
viernes, 3 de agosto de 2012
Melodía enamorada
Cuanta magia se esconde
en cada átomo de vida,
no sé ni cómo ni dónde
pero el alma se encandila.
Melodía enamorada
nota tras nota te escapas
de este mundo hacia la nada
entre suspiros de arpas.
Vives soñando en los caminos
vives gimiendo en las matas
vives muriendo cada noche
muriendo esperas el alba.
Cuantos sentimientos regalan tus notas;
tantos como almas destrozadas
tantos como alegrías rotas
tantos como vidas separadas.
Mas a caballo entre tristezas y llantos
sigues cautivando corazones con tu canto,
porque sin atender a razones...
...¡seguimos amando tanto!.
A.B.B. 1 de julio de 1990
jueves, 2 de agosto de 2012
La montaña de los deseos
Esta increíble historia ocurrió hace muchos años. Tantos que se me hace difícil recordar con exactitud si era verano o invierno, si brillaba el sol o lloraban las nubes, quizá incluso mi cansada mente confunda algunos nombres o lugares. Pero, ciertamente, no creo que nada de eso tenga demasiada importancia. Mi corazón sigue latiendo con la misma intensidad que entonces. Bastante más viejo y débil, es verdad, pero con la suficiente fuerza para recordar un deseo que cambió mi vida.
Todo comenzó una tarde en que estaba en casa tremendamente aburrido. Mi madre me había castigado porque mi maestro había tenido con ella una charla bastante larga en la que le dijo lo que siempre dicen los maestros, de un niño tan inquieto y soñador como yo. Que ya no sabía qué hacer conmigo y que de continuar así nunca sería nadie de provecho en la vida.
Mi madre, como todas las madres, mientras escuchaba pasó por todos los estados de ánimo posibles ante tan humillante situación. Se ruborizó, se enfadó, lloró y después de darle la razón a aquella maravillosa persona que tanto se preocupaba por mí, se juró a sí misma hacer todo lo posible para que yo siguiera el buen camino y me labrara un futuro digno.
O sea que allí estaba yo, sentado enfrente de la chimenea intentando concentrarme en aquellas letras y números que parecía me iban a comer de un momento a otro, pero mi mente se resistía. Se perdía observando las llamas crepitar y se empeñaba en soñar.
Un gran deseo latía en mi corazón desde hacía tiempo. Era el causante de que por las noches no pudiera dormir y de día soñara. Ese gran deseo no era otro que conocer el país más bonito del mundo. Quería saber cómo era y dónde estaba, pero por más libros que leía y más fotos que miraba esperando sentir que aquel era el lugar más bello, no lo lograba.
A punto de quedarme dormido acunado por el aburrimiento, la suerte me sonrió. Un puño golpeó la puerta y antes de que a mi madre le diera tiempo a decirme que no me moviera, ya estaba abriendo esperando encontrar a alguien que me sacara del terrible sopor. Me espabile rápidamente cuando vi a mi padre. Prefiero no contar lo que sucedió después cuando mi madre le narró la visita del maestro. Mi madre volvió a pasar por todos los estados de ánimo posibles mientras a mi padre se le iban enrojeciendo las mejillas al tiempo que se tocaba la barba como si en ella estuviera la respuesta a todos sus problemas.
Con signos de creciente enfado me dijo:
-Saúl, vete ahora mismo a tu habitación y por una vez en tu vida intenta pensar en tu comportamiento. Mañana hablaremos.
Aquello me sonó francamente mal pero por el momento me libraba de algo mucho peor.
Me tumbé en mi cama e intenté pensar como mi padre quería. Mas mis únicos pensamientos fueron que no era culpable de sentir aquel deseo que me acompañaba a todas partes y que estaba dispuesto a perseguir hasta alcanzarlo. Mirando la luna y pensando que quizá el más bello país fuera tan inalcanzable como ella, me venció el sueño.
A la mañana siguiente y sin haber recibido aún el esperado discurso por parte de mi padre, me encaminaba hacia la escuela desanimado y distraído, dándole puntapiés a todo lo que se ponía a mi alcance, cuando una conversación me hizo reaccionar. Me di cuenta de que lo que me había hecho parar. Había oído la palabra deseo. Suficiente para que mi mente despertara. Me quedé quieto intentando saber quién la había pronunciado. No me costó mucho esfuerzo. A mi lado, sentados en un banco, dos ancianos que parecían viejísimos estaban charlando animadamente. Sus ojos brillaban. Les pregunté de que hablaban para estar tan emocionados. Uno de ellos suspirando me contestó:
-De la montaña de los deseos.
En mi cara se dibujó tal sorpresa que ellos, divertidos, me invitaron a sentarme. Como si tuviera alas volé hacia el banco mientras casi les gritaba:
-¿Qué montaña es esa? ¿Está por aquí cerca? ¿Cómo se llega hasta ella? ¿Existe de verdad o se están burlando de mí?
Antes de que me diera tiempo a seguir con mi aluvión de preguntas, el más alto de los dos levantó la mano para hacerme callar.
-Calma muchacho, no se pueden responder tantas preguntas a la vez. Tienes un corazón demasiado inquieto.
-Lo siento- pero tengo un deseo desde hace mucho tiempo y no sé como hacerlo realidad. No puedo concentrarme, no paro de soñar y me está dando bastantes disgustos. Ayer mismo...Bueno, eso no tiene importancia ahora. ¡Si esa montaña me pudiera ayudar a cumplir mi deseo...!
-Muy fuerte ha de ser tu deseo para estar dispuesto a hacer cualquier cosa por conseguirlo. Muchacho, ¿qué es eso tan importante para ti?
-Quiero conocer el país más bonito del mundo. Quiero saber cómo es, dónde está y como es la vida allí.
Los dos ancianos se miraron, sonrieron y suspiraron.
-De acuerdo chiquillo, te vamos a contar la historia de la montaña de los deseos. A nosotros nos la contó nuestro padre y a él el suyo. La historia se pierde casi en los principios del mundo. Y quizá tan sólo sea una leyenda.
-Eres un chico obstinado y hablador. Tienes que aprender a dominar tu impaciencia. Escucha en silencio mientras te cuento la historia, cuando haya terminado ya tendrás tiempo de hablar y de pensar todo lo que quieras.
-Eso está hecho. No saldrá ni una sola palabra de mi boca hasta que acabe.
Veamos si eres capaz de cumplirlo.
-Cuentan que existe una montaña mágica a la que casi nadie ha conseguido llegar y en cuya cima vive un mago que concede deseos...
Iba a abrir la boca compulsivamente pero me di cuenta a tiempo de que había prometido mantenerme callado.
-...pero el camino no es fácil. Para llegar hasta su cima hay que cruzar La tierra de la duda,
El bosque del olvido y el Río de la desesperación. Hay un problema añadido: no sabemos dónde está con exactitud, por eso apenas nadie ha logrado encontrarla. Es lo malo que tienen estas historias tan antiguas, con el paso de los años se van olvidando los nombres y los lugares hasta que llega un momento en que uno ya no sabe sin son reales o imaginarios.
Sólo sabemos que si lo deseas sinceramente y tu corazón es lo bastante fuerte, quizá y sólo quizá, consigas encontrarla y buscar al mago de los deseos. Ahora que has oído la historia, ¿qué opinas muchacho?.
-No me importa si tengo que caminar por mil tierras ni los peligros a los que me tenga que enfrentar. No tengo miedo.
-¿Estás seguro? Recuerda lo que te he dicho. Tienes que desearlo con todo tu corazón.
-¿Qué deseo puede ser más fuerte que aquel que convierte mi vida en un continuo sueño?.
-Sólo tú tienes la respuesta a esa pregunta. Nosotros nada más contamos historias. Somos demasiado viejos para pensar en otra cosa que no sea sentarnos en este banco, dejar que el sol nos caliente y recordar...
Me puse en pie de un salto y les dije:
-Me tengo que ir, no puedo perder ni un minuto. ¡Tengo que llegar hasta esa montaña!
-Si es lo que deseas, hazlo. Pero antes de irte acepta un consejo. Tienes que aprender a tener calma, la prisa no es buena consejera. Atropella los pensamientos y no deja hablar al corazón.
No entendí demasiado bien las palabras de aquel viejo, pero no tenía tiempo que perder. Les dí las gracias apresuradamente y les prometí que cuando hubiera encontrado la montaña y cumplido mi deseo, volvería para contárselo. Me alejaba corriendo cuando uno de ellos me gritó:
-No te preocupes. Si consigues encontrar la montaña lo sabremos.
Seguí corriendo hasta mi casa rezando para que mi madre no estuviera allí. Esta vez la suerte me acompañó. Escribí una nota diciendo que volvería pronto, metí algo de comida en una bolsa y, como era un muchacho demasiado inquieto y soñador, no pensé más. Cerré la puerta y salí en busca del mago que cambiaría mi vida.
A la mañana siguiente y sin haber recibido aún el esperado discurso por parte de mi padre, me encaminaba hacia la escuela desanimado y distraído, dándole puntapiés a todo lo que se ponía a mi alcance, cuando una conversación me hizo reaccionar. Me di cuenta de que lo que me había hecho parar. Había oído la palabra deseo. Suficiente para que mi mente despertara. Me quedé quieto intentando saber quién la había pronunciado. No me costó mucho esfuerzo. A mi lado, sentados en un banco, dos ancianos que parecían viejísimos estaban charlando animadamente. Sus ojos brillaban. Les pregunté de que hablaban para estar tan emocionados. Uno de ellos suspirando me contestó:
-De la montaña de los deseos.
En mi cara se dibujó tal sorpresa que ellos, divertidos, me invitaron a sentarme. Como si tuviera alas volé hacia el banco mientras casi les gritaba:
-¿Qué montaña es esa? ¿Está por aquí cerca? ¿Cómo se llega hasta ella? ¿Existe de verdad o se están burlando de mí?
Antes de que me diera tiempo a seguir con mi aluvión de preguntas, el más alto de los dos levantó la mano para hacerme callar.
-Calma muchacho, no se pueden responder tantas preguntas a la vez. Tienes un corazón demasiado inquieto.
-Lo siento- pero tengo un deseo desde hace mucho tiempo y no sé como hacerlo realidad. No puedo concentrarme, no paro de soñar y me está dando bastantes disgustos. Ayer mismo...Bueno, eso no tiene importancia ahora. ¡Si esa montaña me pudiera ayudar a cumplir mi deseo...!
-Muy fuerte ha de ser tu deseo para estar dispuesto a hacer cualquier cosa por conseguirlo. Muchacho, ¿qué es eso tan importante para ti?
-Quiero conocer el país más bonito del mundo. Quiero saber cómo es, dónde está y como es la vida allí.
Los dos ancianos se miraron, sonrieron y suspiraron.
-De acuerdo chiquillo, te vamos a contar la historia de la montaña de los deseos. A nosotros nos la contó nuestro padre y a él el suyo. La historia se pierde casi en los principios del mundo. Y quizá tan sólo sea una leyenda.
-Eres un chico obstinado y hablador. Tienes que aprender a dominar tu impaciencia. Escucha en silencio mientras te cuento la historia, cuando haya terminado ya tendrás tiempo de hablar y de pensar todo lo que quieras.
-Eso está hecho. No saldrá ni una sola palabra de mi boca hasta que acabe.
Veamos si eres capaz de cumplirlo.
-Cuentan que existe una montaña mágica a la que casi nadie ha conseguido llegar y en cuya cima vive un mago que concede deseos...
Iba a abrir la boca compulsivamente pero me di cuenta a tiempo de que había prometido mantenerme callado.
-...pero el camino no es fácil. Para llegar hasta su cima hay que cruzar La tierra de la duda,
El bosque del olvido y el Río de la desesperación. Hay un problema añadido: no sabemos dónde está con exactitud, por eso apenas nadie ha logrado encontrarla. Es lo malo que tienen estas historias tan antiguas, con el paso de los años se van olvidando los nombres y los lugares hasta que llega un momento en que uno ya no sabe sin son reales o imaginarios.
Sólo sabemos que si lo deseas sinceramente y tu corazón es lo bastante fuerte, quizá y sólo quizá, consigas encontrarla y buscar al mago de los deseos. Ahora que has oído la historia, ¿qué opinas muchacho?.
-No me importa si tengo que caminar por mil tierras ni los peligros a los que me tenga que enfrentar. No tengo miedo.
-¿Estás seguro? Recuerda lo que te he dicho. Tienes que desearlo con todo tu corazón.
-¿Qué deseo puede ser más fuerte que aquel que convierte mi vida en un continuo sueño?.
-Sólo tú tienes la respuesta a esa pregunta. Nosotros nada más contamos historias. Somos demasiado viejos para pensar en otra cosa que no sea sentarnos en este banco, dejar que el sol nos caliente y recordar...
Me puse en pie de un salto y les dije:
-Me tengo que ir, no puedo perder ni un minuto. ¡Tengo que llegar hasta esa montaña!
-Si es lo que deseas, hazlo. Pero antes de irte acepta un consejo. Tienes que aprender a tener calma, la prisa no es buena consejera. Atropella los pensamientos y no deja hablar al corazón.
No entendí demasiado bien las palabras de aquel viejo, pero no tenía tiempo que perder. Les dí las gracias apresuradamente y les prometí que cuando hubiera encontrado la montaña y cumplido mi deseo, volvería para contárselo. Me alejaba corriendo cuando uno de ellos me gritó:
-No te preocupes. Si consigues encontrar la montaña lo sabremos.
Seguí corriendo hasta mi casa rezando para que mi madre no estuviera allí. Esta vez la suerte me acompañó. Escribí una nota diciendo que volvería pronto, metí algo de comida en una bolsa y, como era un muchacho demasiado inquieto y soñador, no pensé más. Cerré la puerta y salí en busca del mago que cambiaría mi vida.
domingo, 29 de julio de 2012
Mar
Dieciseis primaveras me contemplaban cuando escribí este poema. Ha pasado una eternidad desde entonces pero sigue enamorándome el olor de sus cabellos de olas rizadas brillando bajo la luna y embriagándome el contoneo firme de sus caderas paseando hasta esa orilla donde muere para volver a nacer. Transcurrida media vida le cantaría al oido canciones de un amor más sereno aunque igual de apasionado porque mis sentimientos no sólo no han cambiado si no que se han engrandecido. Y él me sigue siendo fiel.
Mar inmenso de suave susurrar
que acaricias con tus olas
la orilla y la haces llorar;
prométeme que de mí
nunca te olvidarás.
Mar, tú que eres el sueño
mar, tú que eres la paz
la ilusión de tantas vidas;
prométeme que de mí
nunca te olvidarás.
Mar que de noche reflejas
misterio, fuerza y piedad
y tienes tantas agallas;
prométeme que de mí
nunca te olvidarás.
¿Por qué te temen los hombres?
¿Por qué yo voy a llorar?
¿Por qué no se para el tiempo?
Sé que este instante mágico
mucho no durará.
Tu alma,
escondida en el fondo de ti está,
tu sangre corre viva
y nunca se parará.
Aunque nunca vuelva a verte
muy dentro de mí vas,
como un sueño de piratas
como una lucha sin final
como un sentimiento
difícil de controlar.
Mar inmenso de suave susurrar
que acaricias con tus olas
la arena y la haces llorar;
prométeme que de mí
nunca te olvidarás.
26 de mayo de 1986
Mar inmenso de suave susurrar
que acaricias con tus olas
la orilla y la haces llorar;
prométeme que de mí
nunca te olvidarás.
Mar, tú que eres el sueño
mar, tú que eres la paz
la ilusión de tantas vidas;
prométeme que de mí
nunca te olvidarás.
Mar que de noche reflejas
misterio, fuerza y piedad
y tienes tantas agallas;
prométeme que de mí
nunca te olvidarás.
¿Por qué te temen los hombres?
¿Por qué yo voy a llorar?
¿Por qué no se para el tiempo?
Sé que este instante mágico
mucho no durará.
Tu alma,
escondida en el fondo de ti está,
tu sangre corre viva
y nunca se parará.
Aunque nunca vuelva a verte
muy dentro de mí vas,
como un sueño de piratas
como una lucha sin final
como un sentimiento
difícil de controlar.
Mar inmenso de suave susurrar
que acaricias con tus olas
la arena y la haces llorar;
prométeme que de mí
nunca te olvidarás.
26 de mayo de 1986
domingo, 24 de junio de 2012
Estaciones
Perder el calor de tu mirada
fue helar mi frágil corazón,
el camino de tus palabras
vagando en el silencio me encontró.
El último hoy se evaporó en la nada,
el último mañana me sorprendió adormilada.
Ambos me abandonaron
en un doloroso instante;
que a la par que será eterno...
¡está ya tan distante!.
Y sin embargo,
sólo me queda mi ayer
no pienso en el mañana
no vivo el hoy,
no tengo nada que perder.
Mi mente rememora
imágenes del álbum del recuerdo.
Y mientras creí morir,
los árboles se quedaron desnudos
ante la fuerza del frío.
Llegó la estación perdida:
llegó el invierno.
Y mientras lloraba,
el sol comenzó a calentar con sus rayos
la desnudez del invierno
invadiendo el mundo de colores.
Llegó la estación del renacimiento:
llegó la primavera.
Y mientras sufría,
se recuperó la naturaleza
y ni siquiera recordaba ya
cómo comenzó a vivir.
Llegó la estación dorada:
llegó el verano.
Y mientras recordaba,
empezaron a soplar los primeros vientos
augurando de nuevo el fin del verano.
Llegó la estación de los adioses:
llegó el otoño.
Y mientras camino
apenas me doy cuenta
de que el otoño se despidió
hace algún tiempo
con un susurro sin palabras.
¡Ha vuelto a llegar demasiado veloz!.
Regresó el invierno y me tomó la mano.
¡Cuán bellos eran los días
y cuán deprisa han pasado!
Antes de que pueda darme cuenta
veré arrugas en mis manos,
esas manos que no se cansan de añorarte.
Mi imágen será devuelta en un espejo
de cualquier forma y tamaño
y comprenderé lo que ha pasado:
los años.
Y, dulce ilusión de antaño
aunque no te tuve nunca...
te seguiré recordando.
A.B.B. 20 de febrero de 1990
fue helar mi frágil corazón,
el camino de tus palabras
vagando en el silencio me encontró.
El último hoy se evaporó en la nada,
el último mañana me sorprendió adormilada.
Ambos me abandonaron
en un doloroso instante;
que a la par que será eterno...
¡está ya tan distante!.
Y sin embargo,
sólo me queda mi ayer
no pienso en el mañana
no vivo el hoy,
no tengo nada que perder.
Mi mente rememora
imágenes del álbum del recuerdo.
Y mientras creí morir,
los árboles se quedaron desnudos
ante la fuerza del frío.
Llegó la estación perdida:
llegó el invierno.
Y mientras lloraba,
el sol comenzó a calentar con sus rayos
la desnudez del invierno
invadiendo el mundo de colores.
Llegó la estación del renacimiento:
llegó la primavera.
Y mientras sufría,
se recuperó la naturaleza
y ni siquiera recordaba ya
cómo comenzó a vivir.
Llegó la estación dorada:
llegó el verano.
Y mientras recordaba,
empezaron a soplar los primeros vientos
augurando de nuevo el fin del verano.
Llegó la estación de los adioses:
llegó el otoño.
Y mientras camino
apenas me doy cuenta
de que el otoño se despidió
hace algún tiempo
con un susurro sin palabras.
¡Ha vuelto a llegar demasiado veloz!.
Regresó el invierno y me tomó la mano.
¡Cuán bellos eran los días
y cuán deprisa han pasado!
Antes de que pueda darme cuenta
veré arrugas en mis manos,
esas manos que no se cansan de añorarte.
Mi imágen será devuelta en un espejo
de cualquier forma y tamaño
y comprenderé lo que ha pasado:
los años.
Y, dulce ilusión de antaño
aunque no te tuve nunca...
te seguiré recordando.
A.B.B. 20 de febrero de 1990
lunes, 18 de junio de 2012
No lloraré
No lloraré por perder esta vida que me abandona;
no me rendiré ante su villanía,
ni me arrodillaré a sus pies
suplicando su perdón.
Seguiré adelante luchando por dar un paso más,
y otro y otro,
hundida por completo en el fango
de la más titánica soledad.
Marcaré un camino con la vista,
una esperanza a la que aferrarme
en el último instante.
Imaginaré una voz inexistente
que me llama por mi nombre;
unas manos invisibles
que me elevan con su fuerza
hacia el vaporoso cielo.
Todo un ejército de rosas
crecerán el mismo lugar
que ahora es sólo desierto;
se abrirán a mi paso embriagándome
con su fuerte aroma de sentimientos perdidos
y me transportarán envuelta entre ondulantes velos,
por senderos tenebrosos
donde habitan las más terribles criaturas
creadas por la más macabra imaginación.
Pero entonces seré inmune a todas sus maldades.
Mi séquito floral,
el más bello que pueda contemplar el ojo humano
será mi escolta dorada hacia el paraíso
perdido tanto tiempo atrás.
Cuando me abandone la vida
no me arrodillaré a sus pies suplicando su perdón.
Las rosas me acompañarán.
Sí, llegó mi hora.
Esperadme....ya voy
Ana Burillo 4 de marzo de 1990
no me rendiré ante su villanía,
ni me arrodillaré a sus pies
suplicando su perdón.
Seguiré adelante luchando por dar un paso más,
y otro y otro,
hundida por completo en el fango
de la más titánica soledad.
Marcaré un camino con la vista,
una esperanza a la que aferrarme
en el último instante.
Imaginaré una voz inexistente
que me llama por mi nombre;
unas manos invisibles
que me elevan con su fuerza
hacia el vaporoso cielo.
Todo un ejército de rosas
crecerán el mismo lugar
que ahora es sólo desierto;
se abrirán a mi paso embriagándome
con su fuerte aroma de sentimientos perdidos
y me transportarán envuelta entre ondulantes velos,
por senderos tenebrosos
donde habitan las más terribles criaturas
creadas por la más macabra imaginación.
Pero entonces seré inmune a todas sus maldades.
Mi séquito floral,
el más bello que pueda contemplar el ojo humano
será mi escolta dorada hacia el paraíso
perdido tanto tiempo atrás.
Cuando me abandone la vida
no me arrodillaré a sus pies suplicando su perdón.
Las rosas me acompañarán.
Sí, llegó mi hora.
Esperadme....ya voy
Ana Burillo 4 de marzo de 1990
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